La población en general sufre de dispepsia. Este término se refiere a una alteración funcional (quiere decir que no está causada por una enfermedad concreta) del aparato digestivo; y que puede dar alteración de la secreción o motilidad gástrica, y de esta forma perturbar la digestión.
Hasta un 50 % de la población puede sufrirla a lo largo de su vida, aunque las personas que la sufren de forma crónica suponen alrededor del 10 % de la población general.
De forma simple nos referimos a ella ante cuadros de dolor o molestia abdominal y que puede estar asociado a una sensación de plenitud, saciedad precoz, distensión, eructos, náuseas y vómitos.
Los síntomas pueden ser continuos o intermitentes, y estar o no, relacionados con la ingesta.
La quemazón y regurgitación no se consideran parte de la dispepsia, son más específicos de la enfermedad por reflujo gastroesofágico, aunque en algunos cuadros de dispepsia también se asocian.
La dispepsia funcional es un diagnóstico de exclusión al que se llega una vez realizadas las pruebas necesarias y no encontrar una causa concreta responsable de los síntomas.
Entre las causas orgánicas que producen dispepsia, la más frecuente suelen ser las úlceras gastroduodenales, y la enfermedad por reflujo gastroesofágico (producida por ej. por una hernia de hiato).
También la presencia de litiasis (piedras) en la vesícula es una causa frecuente de síntomas similares.
Finalmente, el colon irritable, enfermedad producida por un aumento del tono del intestino, sin que se sepa exactamente porqué, pero asociada a trastornos psíquicos tipo estrés, ansiedad, depresión, problemas laborales, etc… es una causa muy frecuente de molestias digestivas difusas.
Este tipo de enfermedad produce lo que se denomina dispepsia funcional por dismotilidad, ya que ante determinadas situaciones el tubo digestivo altera su motilidad normal, y al aumentarla o disminuirla en exceso, se produce una serie de síntomas molestos como flatulencia, dolor tipo cólico, diarrea o estreñimiento, etc…
Hay muchas más, entre ellas diversas enfermedades del aparato digestivo, metabólicas e incluso determinados fármacos pueden producirlas, pero la actitud a seguir está clara; realizar un estudio que incluya una correcta hª clínica que se acompañe de determinadas pruebas que descarten enfermedad responsable (endoscopia, pruebas del aliento, etc…).
Si esta no se encuentra tras un estudio correcto se debe proceder a valorar el estilo de vida y alimentación del paciente, buscando aquellos factores que provocan o empeoran el cuadro, y procediendo a eliminarlos o corregirlos.
Además de ellos, se puede utilizar fármacos esporádicamente para controlar los síntomas que no puedan ser evitados.
Es básico dejar de fumar y evitar alimentos que se sepa causen molestias. Generalmente estos son el alcohol, las grasas, chocolates, picantes, bebidas gaseosas, etc…
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